Esta fue mi vereda (Gonzalo Canal, 1959)

El poco cine hecho en Colombia que alude al periodo nombrado como La Violencia (1946-1964) se caracteriza por ser ahistórico, dando pie a la idea y la imagen de que lo que ocurrió en ese momento fue un cataclismo exclusivo de las pasiones políticas exacerbadas del pueblo. Gente común y silvestre matándose entre ellos, de cuyas crispaciones nadie sacó partida ni provecho. En esta línea absurda milita la que sería de verdad la primera cinta sobre La Violencia: Esta fue mi vereda. La tesis que defiende el mediometraje es que en un punto inexacto de la cotidianidad rural una oleada de matazones llegó a los pueblos del país con personas encapuchadas que rompieron el clima de felicidad, confraternidad, trabajo, comunión, etc. que había en las veredas. Un recuento exculpatorio típico del inicio del Frente Nacional, que fue apoyado logística y financieramente por las fuerzas armadas, Ecopetrol y el banco central hipotecario. Porque antes del arribo de los facinerosos —de acuerdo a una voz en off— las relaciones entre las personas eran casi prístinas, los niños iban a la escuela, todos asistían a la iglesia, se encontraban en la siembra, compartían las alegrías en las fiestas patronales y las armas eran sólo un objeto de prestigio que los niños utilizaban en las cacerías:

Las puertas se cerraban sin fallebas y sin trampas […] afuera la noche tranquila y serena propiciaba los castos amores […] El sueño se interrumpía solo por las fantasmagorías infantiles excitadas por el relato de cuentos inofensivos: la patasola, la llorona […] Las armas guardadas y ociosas durante la semana eran complemento de las prendas domingueras y a nadie inquietaban. Si en la casa eran garantía de seguridad, afuera eran solamente objeto de adorno y de deporte […] Así era mi vereda, limpio cielo, limpias almas, pero un día cargadas nubes se abatieron sobre la vereda y trajeron presagios de fatalidad. Sobre el recodo del camino dejó de alegrar la enflorada cruz de mayo, otras aparecieron en su lugar. Aquí la de Luis Gómez. Sin saber por qué cayó una mañana víctima de un disparo de origen desconocido. Las noches dejaron de ser la penumbra halagadora para el descanso y la caricia. Las puertas ya no solamente se trancaban, sino que se cerraban por dentro con toda clase de seguridades […] Las armas abandonaron su carácter de prenda dominguera para cobrar su mortífero significado. Las caretas perdieron su alegría de comparsa de reyes. Otros enmascarados aparecieron en la vereda al amparo de las sombras. Y esta vez las víctimas fueron dos campesinos inocentes que no tenían más bandera que la de su amor. El odio llegó a todas partes en criminal acecho (Fragmento Esta fue mi vereda).

En realidad, las persecuciones y asesinatos durante La Violencia obedecieron a racionalidades instrumentales. La mayoría de los picos de amedrantamientos, homicidios, amenazas y atentados están ligados a los periodos pre y post electorales. Se presionaba con antelación para cambiar el curso de las votaciones y si ganaba el liberalismo —como lo hizo en las elecciones legislativas, de concejos y asambleas de 1947— la violencia aparecía como un castigo por parte de la fuerza policiales y parapoliciales. Consumado el Bogotazo, la persecución tornó hacia otra lógica: con los levantamientos y los autogobiernos o juntas revolucionarias que se presentaron en varios pueblos durante varios días la maquinaria policial y parapolicial se especializó en los nueve abrileños, esto es, “la ofensiva conservadora desatada bajo el Gobierno de Unión Nacional, con participación liberal aun después del 9 de abril, asumió precisamente el carácter de cruzada contra los nueve abrileños (los alzados en armas el 9 de abril)” (Sánchez, 2015, p. 24). El objetivo de la última etapa de La Violencia fue la tierra, la captura del minifundio. Para ir acaparándola la práctica repetida fue matar al hombre y obligar a la mujer al desplazamiento junto a sus hijos. En Esta fue mi vereda la imagen que acompaña el relato omnipresente u omnisciente que nos dice que a Luis Gómez lo mataron encaja con esta modalidad. Ahí están los niños y niñas al servicio de la cámara y de la tesis oficial descrita. A merced de los interesados en presionarla y atemorizarla vemos a una mujer viuda acompañada de sus pequeños hijos rezándole a la tumba del difunto. Esta fue una denuncia que apareció una y otra vez entre las personas que llegaron a exponer lo que les ocurrió —con la esperanza de un resarcimiento o de justicia— ante la Comisión Investigadora de las Causas Actuales de la Violencia en 1958.