Heridas (Roberto Flores Prieto, 2008)

Las víctimas del Estado y del paramilitarismo en las contravisualidades asoman a cuenta gotas y las que son niños y niñas ni se diga. Echen cabeza, cuántas películas podrán citar aparte de Silencio en el paraíso (Colbert García, 2011), Impunity (Juan José Lozano, Hollman Morris, 2010), Violencia (Jorge Forero, 2015), Pirotecnia (Federico Atehortúa, 2019) y una que otra más, para dar una versión cinematográfica de los crímenes estatales y paramilitares, incluidas, las ejecuciones extrajudiciales —limpiadas con la muletilla de falsos positivos— cometidas por el ejército, principalmente, durante el mandato de Juan Manuel Santos como ministro de Defensa en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. La lógica contrainsurgente que el cine estadounidense diseñó y reprodujo en sus imágenes de alguna manera hizo mella en el cine nacional o en sus visualidades proscribiendo la violencia oficial y para oficial. Las conjeturas deberían ser más que parroquiales. Esta puede ser una razón de peso para tratar de entender la ausencia de un cine incapaz de haber creado una cinematografía sobre el guerrillero alejada de su animalización o de los eventos armados en los que participó. A propósito de esto, existe un intento de giro hacia el otro lado. Heridas es la primera película que se atrevió a esbozar las huellas del paramilitarismo en una región y en una niña. Como será de solvente el poder de las visualidades que nunca se estrenó a raíz de su tema. El periódico El Tiempo la tildó en un titular de “polémica” el 23 de septiembre de 2006 y el director en una entrevista concedida al crítico de cine Oswaldo Osorio confirmó una posible censura:

Era una película incómoda para muchos, porque creo que somos un país autocensurado, muy conservador, porque en realidad no es tan polémica ni escandalosa realmente, pero como que cada que llegaba a un espacio comercial con la película o para poder tener la inversión para llegar a las salas, la actitud era “mejor no nos metamos con eso”. La verdad era una cosa muy frontal, generaba como cierta incomodidad.

Por ser iniciática y apostar por una contravisualidad que sigue estando falta de películas su concepción por momentos cae en lugares comunes como cuando un guerrillero en pleno combate se paraliza por el miedo y un compañero lo defiende alegando que él fue obligado a pertenecer a una guerrilla imprecisa o sin nombre. Rescatamos de sus imágenes a una niña campesina que corre y se esconde tras escapar de una masacre paramilitar que segó la vida de su familia y vecinos. No los mataron por qué sí, por esa sevicia o naturalismo que las visualidades les endilgan. Fue un trabajo para un hacendado que para cobrar un ganado robado hizo matar a los campesinos con los que colindaban, la típica excusa para expulsarlos y dar pie a una contra reforma. Para hacerlo la puesta en escena recapitula varios símbolos y técnicas de terror que definieron el actuar paramilitar en las masacres acometidas a finales de los noventa y principios del siglo XXI. Por ejemplo, la secuela corpórea de las motosierras que la niña ve oculta entre unos matorrales y el picadito de futbol que le sigue con el cráneo de un campesino que iría a dar a una fosa común de una patada. Son imágenes semi explícitas que cortan la voz. El paramilitarismo autorizaba y promovía estas violencias post mortem con la intención de deshumanizar o endurecer a su tropa, amedrantar a las comunidades y mofarse de los muertos que provocaban. Así, la niña, atónita y traumada, ha perdido el habla por la violencia desmedida que se cernió sobre ellos. La escenificación organizada del horror la ha devuelto del mismo modo al infans como a la mayoría de los infantes de Colombia que repararon y sortearon las matanzas paramilitares perpetradas para expandirse y expulsar a sus enemigos. Hay un grado de horror que convierte todo en indecible, que canibaliza las palabras y el yo, que deja raquíticos de un lenguaje por lo demás inservible a sus víctimas. De ahí, la importancia de estas imágenes disidentes y contravisuales que aparecen para acompañar el mutismo de ella y de todos nosotros. Porque la verdad es esta: los niños y las niñas por ser niños o niñas no conmueven al país. Es según el autor que los violenta —las guerrillas preferiblemente— que se levanta la voz, se escriben comunicados, se habla de los niños en la guerra, o sale al rescate el proteccionismo y el salvacionismo nacional. De resto, los niños víctimas de las violencias estatales o paraestatales como estas películas no existen.