Monos (Alejandro Landes, 2019)

Con Monos la figura del niño combatiente se descoloca por momentos del consenso unívoco de víctima. Por su fuerza visual, que nos da como pocas veces hemos visto en el cine colombiano imágenes nítidas, contrarias a la precariedad, y por la notable producción detrás de ellas, en términos de locaciones, la película allanó a los espectadores que tuvo. Logró ser efectista y eclipsó a quien pudo como un gran comercial publicitario. Imaginen fuegos artificiales de los que nada queda después, esto es Monos. Humo, vacío, imágenes sin significación, abusando de Rancière, imágenes ostensivas y narcisas. El director soslaya que las emociones —que supone diáfanas— son inevitablemente políticas, y que el carácter que le da a sus personajes encaja con idearios, posturas e intereses en la guerra. Nadie puede hablar de ella en el cine sin tomar una posición —así sea estética— como nadie puede estar en el barro y proclamarse impoluto. La trama y el desenlace la protagonizan ocho muchachos guerrilleros que custodian a una gringa (“la doctora”) siguiendo las ordenes de los superiores. Su deber en la guerra es mantenerla con vida y enviar pruebas de supervivencia. Son distintos a los niños guerrilleros de Alias María: estos no paran de hablar ni son campesinos. Encarnan más en sus ropas y actuares a los africanos de Johnny mad dog despolitizados y exotizados por su autor. Viven la guerra como en un reality show, en una especie de rave o video clip de Mtv, danzan alrededor de fogatas, gritan, gimen como animales, disparan al aire, se disfrazan y pintan sus rostros y cuerpos. La referencia es explícita, la hemos visto en otro lugar: los niños sin el control adulto se convierten en bestias, o peor, se comportan así porque nacen malignos, impuros, portando la iniquidad. Es San Agustín en su esplendor en pleno siglo XXI. Este planteamiento cinematográfico explota las ideas clásicas de la infancia al revés. La inocencia rousseauniana es desechada como habitualmente lo hace el cine matriculado en las visualidades para captar al público y acusar al enemigo de dañar a los más pequeños, explorando ahora la consigna de que los niños y adolescentes (curiosamente, los guerrilleros) son peligrosos, codiciosos o asesinos por instinto.

Vale recalcar, que las imágenes de Monos tienen orígenes y se acoplan en visualidades y en ideas de los estudios de la guerra. En una primera escala, en la ficción distópica literaria y cinéfila de El señor de las moscas que las inspiraron. Entre los planos de la adaptación de Peter Brook hecha en 1964 y los de esta película hay notables semejanzas zoomórficas. Es una verdad cantada que el cine sueña sus imágenes recurriendo al archivo de las preexistentes. Con esta transpolación al campo de la guerra, la película repite el canon san agustiniano recién descrito y de paso los discursos biologicistas que le restan al niño inscrito en la guerra reivindicaciones políticas o incluso ser reconocido como víctima. Para los defensores de estas concepciones la presencia de los niños en las guerrillas está mediada por la naturaleza violenta de los reclutas, por la insatisfacción de sus pulsiones tanáticas y sexuales (Bácares, 2020). Entran a ellas por ambición, para matar, acumular recursos y tener pareja. En una escena, el líder de los animalizados guerrilleros, les anuncia que van a dar comienzo a su propia aventura: “Ahora somos nuestra propia organización y la doctora nos pertenece” (Fragmento de Monos) y en otras asistimos a su despertar y experimentación sexual. Landes filma el conflicto adolescente que dijo le interesaba y sin darse por enterado, ¿o sí?, lo registra avalando las sentencias de un sector biologicista que reniega de lo estructural y desmarca a la población guerrillera de un espíritu de rebelión. Son voces que aseguran que la incorporación a la lucha armada ni es coaccionada —y en su antípoda— tampoco reposa en ideales. La llegada a un grupo armado se da para captar rentas y mejorar el estatus. Patagrande, Rambo, Boom Boom, para bien o mal, son portadores de esta prédica disfrazada de cientificidad.

Independientemente, de una coincidencia Monos no difiere de las respuestas militares que beben de estos paradigmas. Recuérdese al exministro de defensa Diego Molano que acusó a los niños de las guerrillas de ser “máquinas de guerra” o legítimos blancos al entendérseles como sujetos que ya no eran niños por su condición de irrecuperables, anómalos o peligros latentes. Por tanto, lo presentado en esta película supera a una pretendida alegoría, ya que para esa representación del niño guerrillero el Estado despliega todo su poder de fuego. El proteccionismo es así, cuando los niños les sirven grita por la defensa de sus vidas, cuando no, aprueba y trabaja en su eliminación.