Operación Berlín. La niñez que peleó la guerra (Mathew Charles, 2021)
El Estado siempre llega tarde, porque le toca, reacciona con el daño consumado. Ni evita el reclutamiento que deplora el proteccionismo ni respeta la vida de los niños y niñas que grita a los cuatro vientos fueron obligados a ser parte de la guerra. El desenlace de la operación Berlín da cuenta de ello. Pasados veinte años hasta ahora ha empezado a ser un tema de revisión. Entre noviembre del 2000 y enero de 2001 dos mil novecientos cuarenta y cuatro militares de la quinta brigada tuvieron sendos enfrentamientos en los municipios aledaños al páramo de Berlín con la recién estrenada columna móvil Arturo Ruíz de las Farc. Por datos de inteligencia suministrados por un menor de edad sabían de la existencia de este contingente y de aproximadamente ciento cincuenta niños, niñas y jóvenes que la conformaban. Habían salido de la zona de distensión en junio, era cuestión de esperar para emboscarlos. Con fuego aéreo, bombardeos constantes1, ametrallamientos y ejecuciones extrajudiciales fueron vencidos y la columna desquebrajada. El documental Operación Berlín: la niñez que peleó la guerra en Colombia cuenta este suceso en una tónica contravisual que sorprende. No juzga ni sitúa epítetos. Pone en orden y contrasta las voces de los implicados. Se arriesga a dejar que posturas contra oficiales sean enunciadas con lo difícil de los acontecido como el de una exguerrillera que recuerda:
A los líderes hoy en día del partido político los quieren culpar y los quieren prácticamente obligar a que digan que nos reclutaron forzadamente. Yo pienso que si alguien nos obligó a tomar esa decisión de empuñar un arma fue el gobierno, el Estado, por qué, porque la mayoría somos del campo o vivíamos en el campo donde no teníamos acceso a la educación, es que ni siquiera en campaña se miraba un político, donde nunca uno recibía alguna ayuda, donde uno miraba a los papás que se levantaban muy a las cuatro, a veces tres de la mañana a trabajar que pa poder rebuscarse lo del diario de uno, porque en el campo lo que se dan son las hortalizas, pero digamos que para otras cosas, que para el arroz, entonces uno, muchos con una cantidad de hermanos, uno se estresaba, como que se aburría de ver esa situación, y que seguramente uno quería estudiar y no podía porque no había dónde no había la forma de uno estudiar si en muchas partes había solo una escuela de primero a quinto y de ahí pues, toca que se quede ahí, se ponga a trabajar porque qué más va a hacer. Diario el paramilitarismo, el ejército, llegaban a saquear, a explotar, a matar, muy cerquita de donde uno estaba. Donde muchos nos tocó ver como, incluso el ejército mataba familiares de nosotros. Entonces, si alguien nos obligó fue el Estado (Fragmento Operación Berlín: la niñez que peleó la guerra en Colombia).
En esos meses según la Comisión de la verdad se estima que el ejército mató entre veinte ocho y setenta y cuatro niños y niñas a mansalva cuando estaban rendidos o se entregaban. Por supuesto, el primer responsable de esta deriva es el exsecretariado de las Farc que en su aspiración de crecer a toda costa lanzó a la hoguera a cientos de muchachos para combatir el paramilitarismo en el Catatumbo. Como ya lo explicamos la edad y la noción de niñez es heterogénea en esos contextos y por ser diferente a la del discurso legal le pone poco escollo a que los niños sean incorporados; lo más dramático fue la crónica de una muerte anunciada que avaló dicha estrategia: enviar a los más pequeños y menos preparados junto a otros experimentados a abrir un frente de lucha con todas las de perder. A niños inconformes, hartos de su estadía en la guerrilla, reclutados con presiones. Esas denuncias están consignadas en sus testimonios, que fueron animados y narrados con las voces de actores para amplificar sensorialmente lo ocurrido. Ninguna guerra es muda; está hecha de macro lenguajes retóricos y poéticos —que son los que habitualmente escuchamos— y de voces subalternas, por lo regular, diezmadas, silentes a la fuerza, sin caja de resonancia. Las contra visualidades privilegian a las segundas. En el documental citado hay que escuchar a Rodrigo Londoño (otrora Timochenko) y al general Jorge Enrique Mora, ninguno aporta nada o se hace responsable. El uno no se percató de la cantidad de niños y niñas —ni fue capaz de hacer un reflexión histórica y política del fenómeno— y para el otro todo se hizo cumpliendo la ley, la bendita ley. Los testigos sobrevivientes los controvierten: la avanzada hacia el Catatumbo fue brutal y la resolución militar contra ellos desmedida. El ejército implementó un operativo de exterminio, a pesar de sextuplicarlos, la orden era arrasar, matar, acabar con ellos y ellas. Nada de contemplaciones o de capturas. Bajas, bajas, bajas. Matarlos era necesario para enviar un mensaje a lo que estaba ocurriendo en la mesa de negociación en San Vicente del Caguán: “aceleren, cedan o vean que les va a pasar”. Que la gran mayoría fueran niños era lo de menos. Por si no se ha entendido: el niño reclutado es una víctima privilegiada en la prédica contrainsurgente, ahí reside su utilidad, en la práctica depende de intereses militares, políticos, de la atención de la opinión pública y de los medios, de la necesidad de mostrar resultados físicos, etc. (Bácares, 2020). Operación Berlín: la niñez que peleó la guerra en Colombia avisa de esta contradicción, de un pasado contado a medias o a favor de quienes se llevaron los créditos y medallas por matar niños y niñas guerrilleros. Pasó el tiempo y la sanción jurídica se esfumó, para las víctimas sobrevivientes el único triunfo con el que cuentan es la incipiente memoria contra visual que saca a la luz esos hechos.