El silencio del río (Carlos Tribiño Mamby, 2019)

En Colombia existe una suerte de subgénero cinematográfico sobre los desaparecidos por la guerra en los ríos. Es realmente impresionante. Empezando por El río de las tumbas (Julio Luzardo, 1965) y seguida por documentales y películas de ficción como Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1984), Los abrazos del río (Nicolás Rincón Gille, 2010) , Réquiem NN (Juan Manuel Echavarría, 2013), Una tumba a cielo abierto (Oscar Campo Hurtado, 2022) y Tantas almas (Nicolás Rincón Gille, 2021). Y cómo no, en el país han sido tantos los asesinado por los grupos armados arrojados a los ríos, que en los pueblos ribereño del río Magdalena, a veces se dejan seguir para que sea problema del siguiente pueblo. En Puerto Berrío, Antioquia, de tanto recogerlos en el panteón del cementerio hay más NN’s que gente identificada. Son los muertos que dejó la gran ofensiva paramilitar de los ochenta y los noventa en la región para erradicar de la zona a guerrilleros y personas afines a la izquierda democrática. Así lo planteó el Grupo de memoria histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación en el 2009:

Con el objeto de contener a la insurgencia, las Fuerzas Armadas del Estado instalaron bases y batallones militares en la región del Magdalena Medio para impedir el avance organizativo de las comunidades campesinas y de los grupos guerrilleros marxistas que durante las décadas de 1970 y 1980 consolidaron su poder en la zona. Los grupos paramilitares surgirán y se desarrollarán en esa región durante la década de 1980, y sus acciones contrainsurgentes tendrán como objetivo liquidar a los militantes y simpatizantes del Partido Comunista y de otros partidos de izquierda como la UNO, así como a dirigentes campesinos, alcaldes y concejales afines a éstos. Lo harán mediante “operaciones de limpieza”, consistentes en asesinatos individuales y colectivos, torturas y desapariciones forzadas. Puerto Berrío es, por lo tanto, un pueblo de testigos y sobrevivientes del horror.

Asimismo, los niños y las niñas han sido testigos de los muertos que arrastran los ríos. Las contravisualidades nos recuerdan el entrecruce estructural del cine entre los niños que ven y la violencia política. El viaje de los hombres y mujeres lanzados a su cauce es indeterminado y largo como si hubieran sido obligados a protagonizar un turismo necrótico antes de ser rescatados o de hundirse y perderse para siempre. Justamente, en la ópera prima El silencio del río un niño halla a un muerto en un río desconocido. Anselmo el protagonista de la película se topa de súbito con un cadáver que lo roza a toda velocidad llevado por la corriente cuando estaba sumergido dándose un chapuzón. El susto fue enorme. Al reponerse, la curiosidad le ganó al miedo. De no ser por la necesidad explicativa del realizador de contarnos el origen del muerto, la contemplación, de nosotros y del niño, hubiera sido total. Embelesado con ese extraño Anselmo le sigue día y noche, le protege de las aves de rapiña y mira los encuentros que tiene con los vivos. Los niños y niñas que lo rescatan temporalmente para esculcarlo y robarlo, los hombres que con un palo lo alejan de sus canoas y ranchos, y la utilización de su cuerpo para velar a otro desaparecido. El rescatado suple un dolor y a cambio se le da cristiana sepultura. Ya no sorprende que sea un niño el que nos guie. Esta no es una invención colombiana ni de sus contravisualidades. La tradición que une a la imagen en movimiento con la guerra se ha valido del niño y la niña que ve para que vivamos como nueva la violencia política y sus huellas. Y sí, funciona y seguirá funcionando mientras perdure la idea naturalizada de que la infancia es dos puntos inocencia, nuevo comienzo, sorpresa, esperanza, etc.