La sinfónica de los Andes (Marta Rodríguez, 2000)
La sinfónica de los Andes es un documental muy importante por poner en el mapa a una infancia periférica, la de los niños y niñas del pueblo indígena Nasa víctimas de las balas, las bombas y las incursiones de los actores armados legales e ilegales a su territorio, en el norte del Cauca. Los estudios visuales recalcan que las imágenes niegan y dan insumos a la mirada, se mecen en un vaivén entre la opacidad y la transparencia, es decir, entre un núcleo o un ontos que resulta impenetrable y su aspecto visual, lo representado. Llegar a fondo, palpar la imagen es una empresa que inevitablemente conduce a la decepción. A cambio como dice Boehm “la imagen nos muestra su manera de mostrar —que nos muestra, por tanto, cómo ella muestra”—. ¿Y qué muestra en este documental? La intención de abarcar todo, que, por esa ambición, pierde de vista a los sujetos que pretende reivindicar. Las contravisualidades al ir tras lo oculto también fallan, trastabillan, ambicionan ser caleidoscópicas. A veces gana el afán de denunciar y el resultado es un coctel de momentos, personajes, escenas, carente de compasión con quienes retrata. Marta Rodríguez arma su película con base en tres testimonios de mamás y papás que perdieron a sus hijos —a Maryi Vanessa Coicue, Sebastián Ul y Ingrid Guejia— producto de ataques con explosivos hechizos a la comunidad incluyendo los cilindros bomba de las Farc. Son desgarradores para quien esté dispuesto a sentir. La cámara y la entrevistadora apuestan por la condescendencia y pese a sus buenas intenciones y creencias sobre el poder y el deber ser del cine, su montaje es inmisericorde. ¿Qué necesidad tenía la directora de encuadrarlos con un trípode y llegar a deslizar en una ocasión un primer plano del llanto desconsolado de estas personas que narran con detalle cómo murieron sus hijas, lo aturdidos que quedaron, el viaje infructuoso para salvarlos? Porque merecen una existencia visual podría ser una respuesta. Y es válida. Es justa. No obstante, rebelarse frente al monopolio de las imágenes que pondera a los niños y víctimas de siempre sobre otras —indígenas, campesinas, afros, etc.— exige un tratamiento icónico capaz de ponernos al corriente, de increparnos, y a la vez de respetar su dolor.
Resarcir y reconocer al otro requiere de imaginación. La entrevista estática con la voz de quien hace las preguntas cobrando protagonismo —diciendo claro, claro— es un formato para los programas dominicales de la televisión. Aun así, este documental es una afrenta a los decisores de las visualidades que deciden quién es digno de ser narrado y un aire visual que permite respirar a otras infancias desechadas de las narrativas oficiales. Qué creyeron, que la guerra no los ha tocado y que no han encontrado formas de resistirla. El enfoque histórico trabajado en el documental nos avisa de una circularidad de la violencia política sobre ellos: los pájaros durante La Violencia, las guerrillas, lo paramilitares, el Estado, el narcotráfico. Los niños muertos de los testimonios perfectamente podrían ser los del pasado. La diferencia es que ahora hay un testimonio mayor que impide su negación. Que grita, que acusa. El asunto es el cómo. La mirada dispuesta y crítica perdió la atención sobre los niños y niñas por escuchar a los mayores. Nos quedamos sin saber qué implica la muerte de un niño en el pensamiento Nasa, qué se fractura en su cosmovisión a nivel social, espiritual y territorial, qué piensan y sienten los niños y niñas de la muerte de sus amigos y pares, y, por último, qué ha significado para ellos y ellas la orquesta de instrumentos andinos Huellas de Caloto, fundada para resistir la avanzada de la guerra en sus territorios. Después de cada corte testimonial aparecen tocando sus instrumentos y cantando sus letras comprometidas a manera de un video clip. Sólo en el final, en una escena que pudo ser más trabajada, que se habría concatenado mejor sabiendo que opinaban de la violencia que enuncian o del cruce de ella con sus propias historias de vida, los participantes de la banda musical leen un memorial que recuerda a los niños y niñas asesinados de la comunidad. En cada intervención identifican en voz alta el nombre, la edad, el lugar, el victimario y el arma que mató a la víctima. Entre 2009 y 2015 quince niños y niñas fueron asesinados por minas antipersonales, atentados con granada, bombardeos de la fuerza pública, fuego cruzado en enfrentamientos y por la acción del reclutamiento. Los recordados y los que faltan son una porción de lo que pudiéramos llamar los niños y niñas sin doliente nacional. En la desventajosa relación de centro-periferia, recordarlos es un asunto de sus deudos; desde la capital sólo han sido enfocados por los noticieros y la prensa cuando el autor material de sus muertes fue la guerrilla. Esto es bien sencillo: importan temporalmente por quien los mató, más que por ellos mismos. De ahí, de nuevo, la relevancia de La sinfónica de los Andes.